
Fidel, enero de 1959: La Isla quedó sembrada de ideas
Fidel y Raúl en Santiago de Cuba el primero de enero
Toda Cuba bullía de júbilo por la victoria, muchedumbres se agolpaban llenas de entusiasmo en plazas, parques y a lo largo de las carreteras de todo el país en cada una de las provincias para tributarle un apoteósico recibimiento al líder indiscutible de la Revolución y a su tropa, en su recorrido desde Santiago de Cuba hasta la capital. Pero no se trataba de una marcha triunfal, como lo aclararía el propio Fidel, sino de una oportunidad excepcional para detenerse en cada lugar y hablarle al pueblo acerca del futuro inmediato de la nación recién liberada.
ALINA MARTÍNEZ TRIAY
Toda Cuba bullía de júbilo por la victoria, muchedumbres se agolpaban llenas de entusiasmo en plazas, parques y a lo largo de las carreteras de todo el país en cada una de las provincias para tributarle un apoteósico recibimiento al líder indiscutible de la Revolución y a su tropa, en su recorrido desde Santiago de Cuba hasta la capital. Pero no se trataba de una marcha triunfal, como lo aclararía el propio Fidel, sino de una oportunidad excepcional para detenerse en cada lugar y hablarle al pueblo acerca del futuro inmediato de la nación recién liberada.
“Siempre les decía yo a los combatientes rebeldes: cuando no tengamos delante al enemigo, cuando la guerra haya concluido, los únicos enemigos de la Revolución podemos ser nosotros mismos”.
“Pues bien—dijo en el multitudinario encuentro con los camagüeyanos— la dictadura acaba de caer y, sin embargo, ustedes y nosotros acabamos de llegar a la Playa de las Coloradas, porque en la paz nos queda mucho por luchar”.
Había comenzado una nueva batalla y desde el mismo primero de enero, en Santiago de Cuba, insistió en una idea que reiteraría durante todo su histórico recorrido: que la Revolución no sería una tarea fácil, sino una empresa dura y llena de peligros, sobre todo en esa etapa inicial.
En Sancti Spíritus le advirtió al pueblo que no podía dormir sobre los laureles, porque había muchos intereses creados y que toda obra justa encontraría resistencia, e hizo un llamado de atención sobre fenómenos que muy pronto se convertirían en dramáticas realidades y había que prepararse para enfrentar: “el enemigo agazapado, el enemigo en fuga, pero con cuantiosos recursos económicos tratará de poner en nuestro camino todos los obstáculos, se asociará a cuantos enemigos de Cuba pueda encontrar y estaremos en la obligación de mantenernos siempre alertas, siempre en guardia”. Anunció la posibilidad de que se produjeran amenazas y hasta agresiones extranjeras y que el enemigo agotaría todos los medios por sembrar la muerte entre los dirigentes de la Revolución “aunque nosotros nunca nos sustraeremos al contacto del pueblo”.
La alegría desbordante que presidía esas gigantescas reuniones populares no impidió que Fidel llamara a la reflexión sobre temas medulares para el porvenir de la nación, cuando expresó con palabras que mantienen una impresionante actualidad: “siempre les decía yo a los combatientes rebeldes: cuando no tengamos delante al enemigo, cuando la guerra haya concluido, los únicos enemigos de la Revolución podemos ser nosotros mismos, y por eso decía siempre, y digo, que con el soldado rebelde seremos más rigurosos que con nadie, que con el soldado rebelde seremos más exigentes que con nadie, porque de ellos dependerá que la Revolución triunfe o fracase”.
Y acompañó este razonamiento con la defensa de los valores que siempre habían acompañado a los verdaderos revolucionarios frente a las actitudes negativas que hasta entonces habían imperado en los que tenían en sus manos la conducción del país: “Lo primero que tenemos que preguntarnos los que hemos hecho esta Revolución es con qué intenciones la hicimos; si en alguno de nosotros se ocultaba una ambición, un afán de mando, un propósito innoble; si en cada uno de los combatientes de esta Revolución había un idealista o con el pretexto del idealismo se perseguían otros fines; si hicimos esta Revolución pensando que apenas la tiranía fuese derrocada íbamos a disfrutar de los gajes del poder (…) si lo que estábamos pensando simplemente era quitar unos hombres para poner otros hombres; o si en cada uno de nosotros había verdadero desinterés, si en cada uno de nosotros había verdadero espíritu de sacrificio, si en cada uno de nosotros había el propósito de darlo todo a cambio de nada, y si de antemano estábamos dispuestos a renunciar a todo lo que no fuese seguir cumpliendo sacrificadamente con el deber de sinceros revolucionarios.
“Esa pregunta hay que hacérsela —subrayó—, porque de nuestro examen de conciencia puede depender mucho el destino futuro de Cuba, de nosotros y del pueblo”.
La honestidad y el sacrificio como las más poderosas armas contra la ambición y la corrupción fueron destacadas en otro momento de su itinerario al señalar sobre la intensa labor que a partir del triunfo les correspondía realizar a los dirigentes de la Revolución: “entendemos esto como un trabajo, que por algo no dormimos ni descansamos, no comemos recorriendo la Isla y trabajando honradamente para servir a nuestro pueblo, y por algo seremos siempre hombres que no tendremos nada”, a lo que miles de voces le respondieron emocionadas: ¡Tienes al pueblo!
Trabajo y lucha fueron dos palabras clave de esta cruzada ideológica emprendida por el Comandante en Jefe a lo largo de la Isla. La libertad, subrayó, era solo la primera parte para empezar a tener derecho a luchar, y la paz representaba trabajo triplicado, lucha multiplicada.
Había que llevar también a la comprensión del pueblo que la Revolución no podría ser tarea de un día y que los males que hasta entonces agobiaban a la nación no serían solucionados de la noche a la mañana, porque para hacerlo iba a ser preciso trabajar mucho, “al igual que la guerra fue necesaria ganarla poco a poco, paso a paso pero firmemente con un solo propósito, el que concluyese solo con la victoria o con la muerte, como reza nuestro lema, la Revolución tendrá que realizarse también paso a paso, poco a poco y sin otra divisa también que la del triunfo”, afirmó con convicción.
En las espontáneas concentraciones de cubanos deseosos de escuchar las palabras de Fidel, se expusieron por primera vez conceptos impensables hasta entonces, como que el pueblo sería el que llevaría las riendas del país. “¿Por qué no he de creer que el pueblo sea el mejor gobernante si creí cuando nadie lo creía, que el pueblo era el mejor guerrero?”, dijo Fidel en Santa Clara, y agregó que si antes ese pueblo no quería saber nada de política era porque político quería decir ladrón, hombre de poca palabra que lo prometía todo y no daba nada, pero ahora le correspondía poner fin a toda la sinvergüencería.
Otra idea inédita y reveladora de los nuevos tiempos fue la afirmación de Fidel de que la tarea más importante del nuevo ejército consistía nada menos que en poner las armas en manos de los humildes. “No habría libertad segura, no habría derecho seguro, no habría esperanza alguna, si no se garantiza la fuerza armada del pueblo”, subrayó Fidel en Camagüey, y desde entonces afirmó que si el país se viera amenazado, no pelearían solo los miembros de las Fuerzas Armadas, sino los cubanos, hombres y mujeres que pudieran hacerlo.
Fueron muchos los proyectos anunciados por Fidel en sus intervenciones: la atención a las necesidades de la población campesina, la edificación de la primera ciudad escolar en la Sierra Maestra, el lanzamiento de un programa de alfabetización, el restablecimiento de la economía, y la reforma de la enseñanza, la erradicación del desempleo y la solución de otros muchos males sociales que padecía el país.
A diferencia de lo que ocurría en el pasado, afirmó que no se iba a prometer nada, sino a hacer, y les reiteró una vez más a sus compatriotas, “Un solo propósito nos mueve, un solo deseo, un solo impulso: trabajar”.
Desde su partida de Santiago de Cuba hasta su entrada triunfal en la capital de la República, la Isla quedó sembrada de nuevas ideas. Y aquel inolvidable 8 de enero en el antiguo bastión de la dictadura, rodeado de simbólicas palomas y ante un mar de hombres y mujeres llenos de esperanza, concluyó sus palabras con lo que ha sido siempre divisa de la Revolución: “¡Jamás defraudaremos a nuestro pueblo!”
Fidel y Raúl en Santiago de Cuba el primero de enero
Toda Cuba bullía de júbilo por la victoria, muchedumbres se agolpaban llenas de entusiasmo en plazas, parques y a lo largo de las carreteras de todo el país en cada una de las provincias para tributarle un apoteósico recibimiento al líder indiscutible de la Revolución y a su tropa, en su recorrido desde Santiago de Cuba hasta la capital. Pero no se trataba de una marcha triunfal, como lo aclararía el propio Fidel, sino de una oportunidad excepcional para detenerse en cada lugar y hablarle al pueblo acerca del futuro inmediato de la nación recién liberada.
ALINA MARTÍNEZ TRIAY
Toda Cuba bullía de júbilo por la victoria, muchedumbres se agolpaban llenas de entusiasmo en plazas, parques y a lo largo de las carreteras de todo el país en cada una de las provincias para tributarle un apoteósico recibimiento al líder indiscutible de la Revolución y a su tropa, en su recorrido desde Santiago de Cuba hasta la capital. Pero no se trataba de una marcha triunfal, como lo aclararía el propio Fidel, sino de una oportunidad excepcional para detenerse en cada lugar y hablarle al pueblo acerca del futuro inmediato de la nación recién liberada.
“Siempre les decía yo a los combatientes rebeldes: cuando no tengamos delante al enemigo, cuando la guerra haya concluido, los únicos enemigos de la Revolución podemos ser nosotros mismos”.
“Pues bien—dijo en el multitudinario encuentro con los camagüeyanos— la dictadura acaba de caer y, sin embargo, ustedes y nosotros acabamos de llegar a la Playa de las Coloradas, porque en la paz nos queda mucho por luchar”.
Había comenzado una nueva batalla y desde el mismo primero de enero, en Santiago de Cuba, insistió en una idea que reiteraría durante todo su histórico recorrido: que la Revolución no sería una tarea fácil, sino una empresa dura y llena de peligros, sobre todo en esa etapa inicial.
En Sancti Spíritus le advirtió al pueblo que no podía dormir sobre los laureles, porque había muchos intereses creados y que toda obra justa encontraría resistencia, e hizo un llamado de atención sobre fenómenos que muy pronto se convertirían en dramáticas realidades y había que prepararse para enfrentar: “el enemigo agazapado, el enemigo en fuga, pero con cuantiosos recursos económicos tratará de poner en nuestro camino todos los obstáculos, se asociará a cuantos enemigos de Cuba pueda encontrar y estaremos en la obligación de mantenernos siempre alertas, siempre en guardia”. Anunció la posibilidad de que se produjeran amenazas y hasta agresiones extranjeras y que el enemigo agotaría todos los medios por sembrar la muerte entre los dirigentes de la Revolución “aunque nosotros nunca nos sustraeremos al contacto del pueblo”.
La alegría desbordante que presidía esas gigantescas reuniones populares no impidió que Fidel llamara a la reflexión sobre temas medulares para el porvenir de la nación, cuando expresó con palabras que mantienen una impresionante actualidad: “siempre les decía yo a los combatientes rebeldes: cuando no tengamos delante al enemigo, cuando la guerra haya concluido, los únicos enemigos de la Revolución podemos ser nosotros mismos, y por eso decía siempre, y digo, que con el soldado rebelde seremos más rigurosos que con nadie, que con el soldado rebelde seremos más exigentes que con nadie, porque de ellos dependerá que la Revolución triunfe o fracase”.
Y acompañó este razonamiento con la defensa de los valores que siempre habían acompañado a los verdaderos revolucionarios frente a las actitudes negativas que hasta entonces habían imperado en los que tenían en sus manos la conducción del país: “Lo primero que tenemos que preguntarnos los que hemos hecho esta Revolución es con qué intenciones la hicimos; si en alguno de nosotros se ocultaba una ambición, un afán de mando, un propósito innoble; si en cada uno de los combatientes de esta Revolución había un idealista o con el pretexto del idealismo se perseguían otros fines; si hicimos esta Revolución pensando que apenas la tiranía fuese derrocada íbamos a disfrutar de los gajes del poder (…) si lo que estábamos pensando simplemente era quitar unos hombres para poner otros hombres; o si en cada uno de nosotros había verdadero desinterés, si en cada uno de nosotros había verdadero espíritu de sacrificio, si en cada uno de nosotros había el propósito de darlo todo a cambio de nada, y si de antemano estábamos dispuestos a renunciar a todo lo que no fuese seguir cumpliendo sacrificadamente con el deber de sinceros revolucionarios.
“Esa pregunta hay que hacérsela —subrayó—, porque de nuestro examen de conciencia puede depender mucho el destino futuro de Cuba, de nosotros y del pueblo”.
La honestidad y el sacrificio como las más poderosas armas contra la ambición y la corrupción fueron destacadas en otro momento de su itinerario al señalar sobre la intensa labor que a partir del triunfo les correspondía realizar a los dirigentes de la Revolución: “entendemos esto como un trabajo, que por algo no dormimos ni descansamos, no comemos recorriendo la Isla y trabajando honradamente para servir a nuestro pueblo, y por algo seremos siempre hombres que no tendremos nada”, a lo que miles de voces le respondieron emocionadas: ¡Tienes al pueblo!
Trabajo y lucha fueron dos palabras clave de esta cruzada ideológica emprendida por el Comandante en Jefe a lo largo de la Isla. La libertad, subrayó, era solo la primera parte para empezar a tener derecho a luchar, y la paz representaba trabajo triplicado, lucha multiplicada.
Había que llevar también a la comprensión del pueblo que la Revolución no podría ser tarea de un día y que los males que hasta entonces agobiaban a la nación no serían solucionados de la noche a la mañana, porque para hacerlo iba a ser preciso trabajar mucho, “al igual que la guerra fue necesaria ganarla poco a poco, paso a paso pero firmemente con un solo propósito, el que concluyese solo con la victoria o con la muerte, como reza nuestro lema, la Revolución tendrá que realizarse también paso a paso, poco a poco y sin otra divisa también que la del triunfo”, afirmó con convicción.
En las espontáneas concentraciones de cubanos deseosos de escuchar las palabras de Fidel, se expusieron por primera vez conceptos impensables hasta entonces, como que el pueblo sería el que llevaría las riendas del país. “¿Por qué no he de creer que el pueblo sea el mejor gobernante si creí cuando nadie lo creía, que el pueblo era el mejor guerrero?”, dijo Fidel en Santa Clara, y agregó que si antes ese pueblo no quería saber nada de política era porque político quería decir ladrón, hombre de poca palabra que lo prometía todo y no daba nada, pero ahora le correspondía poner fin a toda la sinvergüencería.
Otra idea inédita y reveladora de los nuevos tiempos fue la afirmación de Fidel de que la tarea más importante del nuevo ejército consistía nada menos que en poner las armas en manos de los humildes. “No habría libertad segura, no habría derecho seguro, no habría esperanza alguna, si no se garantiza la fuerza armada del pueblo”, subrayó Fidel en Camagüey, y desde entonces afirmó que si el país se viera amenazado, no pelearían solo los miembros de las Fuerzas Armadas, sino los cubanos, hombres y mujeres que pudieran hacerlo.
Fueron muchos los proyectos anunciados por Fidel en sus intervenciones: la atención a las necesidades de la población campesina, la edificación de la primera ciudad escolar en la Sierra Maestra, el lanzamiento de un programa de alfabetización, el restablecimiento de la economía, y la reforma de la enseñanza, la erradicación del desempleo y la solución de otros muchos males sociales que padecía el país.
A diferencia de lo que ocurría en el pasado, afirmó que no se iba a prometer nada, sino a hacer, y les reiteró una vez más a sus compatriotas, “Un solo propósito nos mueve, un solo deseo, un solo impulso: trabajar”.
Desde su partida de Santiago de Cuba hasta su entrada triunfal en la capital de la República, la Isla quedó sembrada de nuevas ideas. Y aquel inolvidable 8 de enero en el antiguo bastión de la dictadura, rodeado de simbólicas palomas y ante un mar de hombres y mujeres llenos de esperanza, concluyó sus palabras con lo que ha sido siempre divisa de la Revolución: “¡Jamás defraudaremos a nuestro pueblo!”
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